La sociedad se enfrenta hoy en día, a un nuevo concepto de relaciones en las cuales el acceso a los medios de comunicación y comercio reemplaza la importancia que en su momento tuvo la propiedad en la articulación de la vida económica. Este nuevo concepto se ejemplifica con la creación de “un mundo de símbolos, de redes y bucles de retroalimentación, de conexiones e interacción, cuyas fronteras se oscurecen, donde todo lo sólido se desvanece en el aire” (Riftkin, 2002;187).
La posibilidad de acceder a este mundo de símbolos y redes se convierte no solo en una condición importante, sino que implica ser parte de una causa cultural y social con el cual se interactúa y se definen procesos sociales, políticos, económicos, pero sobretodo culturales. Se configura una “red de significación” que tejemos sobre nosotros mismos, las comunicaciones – lenguaje, arte, música, danza, escritura, cine, grabaciones, software- son las herramientas que nosotros, como seres humanos, usamos para interpretar, reproducir, mantener y transformar dichas redes de significado.
En esta lógica, toma mayor preponderancia el concepto dinámico de que el “ser humano es estar en comunicación dentro de alguna cultura humana, y estar en una cultura humana es ver y conocer el mundo –para comunicarse- de forma que a diario se reproduzca esa cultura particular” (Ibid,188). Una cultura particular que está referida a experiencias comunes donde en la interacción de las redes se enriquecen y fortalecen con otras culturas. El desarrollo cultural se constituye en un elemento fundamental de la conformación de comunidades que a partir de experiencias compartidas permiten intercambiar significados, símbolos y formas, pero que a su vez permite darle un papel central en el desarrollo creativo e innovador que se plantea en la constitución de las redes.
Estos elementos culturales que se comparten, son los que engranan las posibilidades de acceso e inclusión de uno u otro sector, sin contemplar en ello ubicación geográfica o territorio, sino elementos, formas y símbolos que le permitan al ser humano formar parte de una comunidad global.
“Daniel Bell divide la civilización moderna en tres esferas diferenciadas, que interactúan entre sí: la
economía, la política y la cultura. El principio básico de la esfera económica, apunta Bell, es la economización de recursos. En la esfera política, el valor principal es la participación. En la cultural, lo es la realización y el desarrollo del yo. En el transcurso del siglo pasado, los valores de las esferas
política y cultural se han ido mercantilizando progresivamente, siendo arrastrados hacia la esfera económica.
Los conceptos de participación democrática y derechos individuales se trasladaron con éxito al mercado, donde renacieron en forma de soberanía y derechos del consumidor…” (Ibid. 191).
Es así como podemos ubicar la evolución que el capitalismo industrial ha tenido para dar paso al capitalismo cultural, donde la construcción de redes de comunicación toman sentido en el momento en que se tengan posibilidades de acceso a espacios en donde las condiciones de consumo y poder adquisitivo permiten involucrarse en las interacciones que en ella se dan.
Desde ésta óptica toma sentido el fortalecimiento de sistemas políticos que articulen la interacción de intereses de diferente orientación hacia un proceso de desarrollo sociocultural, donde otros medios amplían las posibilidades de participación e involucramiento de los ciudadanos en los temas que de una u otra forma les sean de interés y que respondan a esa red cultural de comunicación que define la comunidad global.
Por ello, partir de la posibilidad de un contexto de redes comunicaciones, de una nueva cultura social y económica nos lleva a considerar la importancia que como sistema tiene y representa la democracia, al ser entendida como un conjunto de reglas (primarias o fundamentales) que sin importar si son escritas o consuetitudinarias permiten establecer quienes son los individuos autorizados para tomar las decisiones y bajo qué procedimientos; decisiones que adquieren, dentro de estas condiciones, carácter colectivo, es decir que afectan a todos los miembros del grupo, comunidad o sociedad.
Para que se de un régimen democrático, es fundamental contar con un conjunto de reglas, que permitan establecer derechos de convivencia para los miembros de una comunidad determinada. Esto lleva a definir una serie de características básicas que debe contar un grupo para ser considerado dentro de un régimen democrático, entre ellos es posible mencionar el derecho al voto, las garantías individuales, la libertad de expresión, de libre tránsito, etc.
Sin embargo, para que los miembros de un grupo tengan posibilidades de elegir, es necesario que tengan acceso a informaciones, alternativas y condiciones que les facilite la toma de decisión. Desde este enfoque en una democracia es necesario que a quienes deciden, les sean garantizados los llamados derechos de libertad de opinión, de expresión de la propia opinión, de reunión, de asociación, etc.; los derechos con base en los cuales nació el Estado liberal y se construyó la doctrina del Estado de derecho en sentido fuerte, es decir, del Estado que no sólo ejerce el poder sub lege –sometido a la ley-, sino que lo ejerce dentro de los límites derivados del reconocimiento constitucional de los llamados derechos “inviolables” del individuo. (Bobbio, 2000;26).
El establecimiento de un sistema de reglas y de convivencia nos permite por tanto configurar un modelo de sociedad en la cual, tal y como planteaba Bell en párrafos anteriores, y como lo expresa Sartori, en el desarrollo del hombre y en la construcción de la sociedad, no es posible desligar lo social de lo político, aunque en el contexto actual es necesario hablar de un ser integral que responde en el ámbito público y privado a una sociedad integrada por lo social, lo político, lo económico, lo ambiental y lo cultural.
La configuración por lo tanto de la interacción de los seres humanos en el contexto actual responden a un desarrollo de sociedad más amplia, donde las estructuras más verticales comienzan a ceder para dar paso a una estructura más horizontal donde las redes de comunicación permiten que sin distinción de raza, religión, nacionalidad, afinidad ideológica, o condición social, se produzca el establecimiento de nuevas sociedades que bajo reglas y normas que regulan su funcionamiento, se estructuren pequeñas y grandes sociedades que generan y construyen espacios de opinión en el ámbito público y privado, y con las cuales se establecen códigos y reglas de comportamiento para quienes se involucran en ellos.
De tal forma, que en este confuso planteamiento de la comunidad actual, juega un papel fundamental el desarrollo de la tecnología. Thomas Carlyle, expresó que con “el invento de la prensa escrita, la democracia era inevitable”, si esto lo llevamos a las redes de comunicación actual y a la dinámica social, política, económica, cultural que esta permite, es posible considerar una nueva conformación de estructuras de interacción que definen una nueva sociedad.
Si la política en el pasado estaba considerada como relaciones de coerción y poder en el marco de un Estado o entre Estados, en el contexto actual debemos contemplar que ese escenario de la política, de toma de decisiones, de articulación de intereses y de construcción de estructuras, debe estar vinculado a una sociedad que aún con el establecimiento de reglas es cada vez más autónoma, y que responde a intereses cada vez más complejos, en donde la política y sus decisiones se dan en el marco de un sistema político y no de un actor político (Sartori, 2004; 219). Qué dimensión tiene ese sistema?, requiere determinar que dimensión tiene la red comunicacional que hoy articula los diferentes intereses de las sociedades que se han configurado.
En el ámbito sociopolítico, si consideramos que existe un espacio de interacción más amplio que puede trascender las fronteras de un Estado, es posible también considerar que existe un escenario de alternativas más amplio donde los seres humanos pueden interactuar. Hoy no es posible considerar que la participación de las personas se centra en los mecanismos formales e informales que puedan estar establecidos dentro de las fronteras de un Estado, de un país.
Es posible considerar que aún cuando la participación de una persona pueda ser baja en su comunidad real, puede no serlo en su comunidad o comunidades virtuales, espacios en los que es posible que no solo participe estableciendo y definiendo una opinión, sino en algunos casos podría estar participando activamente de procesos de decisión capaces de modificar, alterar o construir nuevas realidades en las comunidades no virtuales.
Ahora, en este complejo escenario de la sociedad actual, cómo podemos entender el espacio público?, hasta donde llega lo privado y en donde comienza lo público?, pero además como podemos conceptualizar a la opinión fuera de los ámbitos privados?, y cuáles son los efectos que esta pueda estar generando?.
El ámbito de lo público y su relación con la opinión pública:
Sin duda este es una difícil conceptualización de realizar. En el contexto de un Estado, definir lo público era referirse específicamente a todo aquello que afectaba los espacios colectivos, aquello en donde como mencionaba Price Vincent se establecían espacios comunes de encuentro, haciendo referencia “al acceso común, como en “lugar público”…la res pública era cualquier propiedad generalmente abierta a la población, y en los tiempos feudales ciertos espacios comunes se consideraban públicos porque se proporcionaba acceso abierto a la fuente y a la plaza del mercado”. (Price, 2001; 20-21). Sin embargo, se debe contemplar una acepción de lo público, la cual está referida al uso del término en aquellos aspectos que se ligan principalmente a cuestiones de interés general.
Considerando estas dos vertientes de definición, Margarita Boladeras de la Universidad de Barcelona nos plantea que en el espacio público es posible considerar cualquier grupo de diálogo y de todo tipo de público en la formación de los aspectos de lo político y en el planteamiento de opiniones a elementos de muy diversa índole que responden a relaciones con los intereses comunes de una sociedad, esto lo complementa con el planteamiento de Habermas en el sentido de que el espacio público o político, se refiere a aquellas discusiones que tienen “que ver con objetos que dependen de la praxis del Estado. El poder del Estado es también el contratante del espacio público político, pero no su parte. Ciertamente, rige como poder «público», pero ante todo necesita el atributo de la publicidad para su tarea, lo público, es decir, cuidar del bien general de todos los sujetos de derecho.”(Boladeras; 2001).
Si partimos de estas acepciones conceptuales posiblemente concretaríamos el espacio público a aquello referido exclusivamente a las estructuras formales establecidas por medio de un sistema político nacional o regional. Pero, hemos comentado que en el contexto actual existen una serie de redes comunicacionales que gracias al desarrollo tecnológico nos comienzan a configurar nuevas comunidades en una realidad virtual, a estos espacios de encuentro, los debemos considerar como espacios públicos o privados?.
De acuerdo con el planteamiento de Habermas, debemos considerar esta nueva realidad como un espacio público, que tiene normas de comportamiento establecidas tanto para su participación, como para su permanencia en el desarrollo de sus procesos internos. Sin embargo, debemos tener presente que quienes están inmersos en estas nuevas comunidades públicas virtuales no tienen una participación exclusiva, y la formación de sus criterios y valores podrán influir o incidir tanto en otras comunidades virtuales en las que participa como en espacios reales de comunidades, Estados, o países debidamente constituidos. Al respecto Habermas señala:
"Por espacio público entendemos un ámbito de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como opinión pública. La entrada está fundamentalmente abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación en la que los individuos privados se reúnen como público se constituye una porción de espacio público. [...] Los ciudadanos se comportan como público, cuando se reúnen y conciertan libremente, sin presiones y con la garantía de poder manifestar y publicar libremente su opinión, sobre las oportunidades de actuar según intereses generales. En los casos de un público amplio, esta comunicación requiere medios precisos de transferencia e influencia: periódicos y revistas, radio y televisión son hoy tales medios del espacio público.” (Boladeras; 2001).
Lo que si es preciso mencionar es que la estructuración de los espacios públicos virtuales y los espacios públicos reales, presentan una diferencia importante que puede estar marcando el dinamismo y la acción de uno y otro, como es el caso de la horizontalidad o verticalidad que define y configura la posibilidad de participación, de opinión, e inclusive de toma de decisiones. Este cambio en el accionar de las nuevas dinámicas públicas sociales, nos lleva por lo tanto a aceptar la tesis de Hannah Arendt, cuando plantea que la época moderna lleva a cabo la extinción de las esferas públicas y privadas en sus delimitaciones tradicionales, y las involucra en una nueva concepción que va estructurada por la nueva dinámica social, política, económica y cultural de nuestra época.
Estableciendo de esta manera algunos elementos que nos permitan al menos delimitar un enfoque de lo que es posible entender por espacio público, podemos incorporar un elemento adicional en este análisis, referido al elemento de la opinión como medio de expresión de las personas, la cual puede estar circunscrito a espacios públicos o privados, pero en este caso, el principal interés se concreta en la relación entre la opinión y el espacio público, que es al fin y al cabo el elemento central de este análisis.
Cuando nos referimos al término opinión, debemos contemplarlo como un juicio que esta relacionado con ideas, valores, percepciones e interpretaciones que tienen las personas sobre un determinado asunto, planteaba Price que la “opinión es como una manera informal de condonar o condenar”, y que es a partir de la opinión que una persona establece o construye una reputación o imagen ante los demás, pero que debemos considerarla en doble vía, ya que nos permite establecer una percepción de los demás hacia nosotros, pero también como una posibilidad de plantear nuestros intereses, percepciones e interpretaciones de una realidad.
Si relacionamos la opinión con el escenario público, incorporamos una serie de variables que regulan la permanencia o no de ésta en el espacio en que se interactúa. Arendt planteaba que el ser humano buscaba mecanismos de reconocimiento social que le permitiera consolidarse en el tiempo, y es aquí donde la opinión comienza adquirir sentido, el punto es que no podemos considerar que toda opinión emitida sea opinión pública, sino más bien debemos hacer una distinción entre la opinión pública y la opinión publicada.
Con ello nos permite incluir en el análisis un elemento que para Habermas resulta de vital importancia en un espacio público donde se construye la opinión, y es el principio de publicidad, entendido no en la concepción moderna del mercadeo, sino en la posibilidad de que las personas, instituciones, organizaciones, etc, tenga la posibilidad de hacer público sus planteamientos, opiniones e ideas, sometiéndolas al conocimiento y debate de una colectividad, así como la posibilidad de que las personas tengan acceso a la información sobre los asuntos que directa o indirectamente están afectando o pueden afectar sus intereses colectivos.
Desde el plano político institucional, para Habermas, el Parlamento constituye una posibilidad democrática que favorece el principio de la publicidad y con ello el desarrollo de la opinión pública, estableciendo ésta institución como un generador de opiniones pero además como un traductor de respuestas a las demandas que desde la ciudadanía se realizan, a partir precisamente del establecimiento de intereses comunes que se plantean en los espacios públicos.
El principio de publicidad, se convierte en una garantía para que las personas tengan la posibilidad de hacer públicos sus planteamientos, los cuales podrán ser considerados como elementos de articulación de los intereses colectivos, pero igualmente pueden no serlo. A esto precisamente es lo que denomino la opinión publicada, aquella que forma parte de los insumos con que cuenta una colectividad pero que no necesariamente representa los intereses, percepciones u opiniones de ésta.
Entonces, ¿que podemos considerar como opinión pública si no es todo lo que se pública?. Habermas y Price, concuerdan en que la opinión pública debe ser considerada como el resultado de un discurso razonado, la conversación y el debate. Debe ser por lo tanto un punto de encuentro de diferentes opiniones, percepciones y planteamientos que sobre un interés público se haya realizado, y que además haya sido considerado por la colectividad como un tema de trascendencia para los intereses colectivos.
"Primero, se la considera como procedente del discurso razonado, la conversación activa y el debate. El debate es “público” en el sentido de intentar determinar la voluntad común, el bien común, no es un simple encuentro de intereses individuales. El debate es, asimismo, abierto; el proceso es “público” en el sentido de que la participación abierta, si no totalmente asegurada, es lo que se desea. Es soberano e igualitario; opera independientemente del status económico y social, abriendo camino al mérito de las ideas más que al poder político” (Price; pág. 24)
Se configura ante esto, la relación directa que tiene el sistema democrático, el desarrollo del espacio público, la construcción de la opinión pública, y la definición de la sociedad desde la perspectiva cultural, social, política, y económica, dado que el establecimiento de la opinión pública se convierte en un proceso de la sociedad que involucra de manera integral a todos los sectores, actores, intereses, valores, etc.
No quisiera dejar de mencionar, que en este proceso de interacción y construcción de la opinión pública es necesario contemplar la participación de diferentes actores que a través de los medios de comunicación se consolidan como formadores de opinión pública, relacionando en esta medida el aspecto de que aunque en el debate racional de los temas públicos pueda existir una participación amplia, también existe sector que ante el manejo de información, formación, fácil acceso a los medios y articulación dentro de un sector importante de la sociedad, le permite tener un papel más destacado en la incorporación de insumos en el escenario público del debate.
Además, por condiciones de legitimidad, reconocimiento y prestigio obtenido en el transcurso de un período de tiempo determinado, y por condiciones institucionales y de conocimiento, le permiten ser escuchados, leídos y considerados como expertos, o actores fundamentales para formar opinión en el ámbito público.
De tal manera, que a este sector de formadores de opinión, puede ser considerado de acuerdo con los planteamientos de Almond como una clase élite, la cual él distingue de la siguiente manera: “los líderes políticos del gobierno (las elites políticas), miembros de los cuerpos profesionales que disfrutan de poderes especiales por su familiaridad y contacto con el gobierno (elites burocráticas), los representantes de grupos privados de orientación política (grupos de interés), y las élites de las comunicaciones, que incluyen no sólo a los medios de comunicación de masas, sino también a los líderes de opinión efectivos, que utilizan canales interpersonales, clérigos, líderes de las órdenes fraternales y clubs, etc…”. (Ibid; 60).
El papel social y político de la opinión pública:
Con esta concepctualización, como podemos involucrar a la opinión pública dentro de la construcción social y política de una sociedad?. Si partimos de un análisis simple de que es opinión pública y el contexto de la sociedad actual, se podría tender a plantear que en el contexto de una democracia, la posibilidad de contar con la opinión pública es un excelente ejercicio de participación y desarrollo de la sociedad, y posiblemente así sea, sin embargo, debemos contemplar que este ejercicio democrático tiene su responsabilidad social y política que puede enrumbarla en un ejercicio positivo o negativo al desarrollo de un país, o una comunidad.
Se debe considerar que la orientación de la opinión pública puede estar influenciada positiva o negativamente por diferentes medios, ya que como punto de encuentro de diversos intereses, se convierte en un elemento de importante coacción hacia las instancias decisoras de los temas que se encuentran en la palestra de lo público.
Ante tal situación, no es posible, menos en el escenario actual, desmeritar o disminuir las consideraciones de la opinión pública, por el contrario es preciso tomar en consideración las tendencias u orientaciones que se dan, convirtiendo en alguna a la opinión pública como un contrapeso fundamental en el accionar político y social.
Es precisamente en esta relación de poder, una relación política, en la que intervienen personas, instituciones y medios donde encontramos la importancia de la opinión pública ya no como espacio de encuentro, sino como contrapeso de poder en la gestión pública, capaz, en el mejor de los casos de modificar, o transformar decisiones o acciones por parte de los diferentes actores sociales y políticos.
De aquí podemos desprender, que la opinión pública es mucho más que solamente la presentación de encuestas o sondeos. Es mucho más que solamente los escenarios electorales. La opinión pública es un elemento central en el desarrollo político, social, cultural y económico. La responsabilidad social y política de los medios de comunicación, de los actores políticos, sociales, y comunicadores en tanto como formadores de opinión, se constituye por lo tanto en una prioridad para el desarrollo de los sistemas democráticos en nuestros países.
Tal y como plantea Habermas, “el espacio del libre juego de la opinión pública es el motor de la política democrática en un sentido real empírico y en un sentido normativo. El conocimiento de sus características y posibilidades permite replantear aspectos procedimentales”(Boladeras; 2001), y en esta dirección, existe una responsabilidad dual tanto de las instituciones políticas y sociales de los países, como de los mismos formadores de opinión, de crear las condiciones pertinentes y necesarias para que se pueda contar con una opinión pública de calidad, que cuente con las condiciones necesarias para el debate, pero que a su vez consolide y construya procesos que fortalezcan la evolución y el desarrollo de la democracia.
Bibliografía
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Bobbio, Norberto. El futuro de la democracia. México: FCE, 2000 (1984).
Habermas, Jurgen. Historia y crítica de la opinión pública. La transformación estructural de la vida pública. Barcelona: Gustavo Pili, 2002 (1962). Pp. 124-274.
Price, Vincent. La Opinión Pública. Barcelona, Paidós, 2001 (1992). pp. 17-96.
Rifkin, Jeremy. La era del acceso. La revolución de la nueva economía. Barcelona. Paidós, 2002 (2000). pp. 187-282.
Sartori, Giovanni. La política. Lógica y método en las ciencias sociales. México, FCE, 2002 (1979). Pp. 201-318.
Boladeras, Margarita C. La Opinión Pública en Habermas. http://www.bib.uab.es/pub/analisi/02112175n26p51.pdf, Universidad de Barcelona. 2001.